Màs que un accidente; solo tenía 20 años
Rafa era un joven de estatura media y complexión normal, tenía unos inmensos ojos castaño. Era una persona sencilla, empática, sin maldad, alegre, divertida, extrovertida y un gran amante de los animales.
La música siempre estuvo en la familia; Rafa heredó esa pasión de mi padre y abuelo, ambos miembros de la Unión Musical «Mar-Chica», la histórica y querida banda de Camporrobles. Tengo grabada la imagen de mi padre tocando en los pasacalles del pueblo, con mi hermano todavía muy pequeño caminando a su lado, agarrado con fuerza al bolsillo de su pantalón. Esa devoción lo llevaría a formarse como músico, eligiendo la trompeta, un instrumento que dominaba a la perfección.
En agosto de 1990, le ofrecieron un puesto de trabajo como trompetista en el Mediterranean Palace, un hotel de lujo ubicado en la Playa de Las Américas, en Tenerife. La proposición del trabajo de la ofreció la esposa de Lucio, el director de la orquesta. Mis padres no estaban muy seguros de dajare ir, pero era una decisión suya sobre su futuro. Se marchó a la isla con la promesa de que allí cuidarían de él. Tenía tan solo diecinueve años.
Al poco tiempo de llegar, hizo buenas migas con los componentes de la banda y con otros empleados del hotel, como Candelaria o José. Más adelante conoció a Carmen Isabel, que trabajaba en el equipo de seguridad del mismo complejo. Empezaron una relación y, a los pocos meses de conocerse, se fueron a vivir juntos a Granadilla de Abona. Ella era unos diez años mayor que mi hermano: alta, delgada, rubia y de pelo rizado, y tenía dos niñas pequeñas, de entre dos y cuatro años.

A mediados de agosto de 1991, cuando justo cumplía un año en la isla, llamó a mis padres. Les confesó que estaba harto del hotel y que quería volver a casa de inmediato, sin siquiera dar explicaciones en el trabajo. Nunca supimos el verdadero motivo de aquella urgencia, pero mis padres le aconsejaron que hiciera las cosas bien: no podía marcharse de un día para otro, debía darles un margen de tiempo para encontrar a un sustituto. Este episodio, unido a otros detalles que fuimos descubriendo, se convertiría más tarde en uno de los indicios fundamentales para sospechar que lo suyo no fue un simple accidente. ¿Por qué tenía tanta prisa por escapar sin decir nada?
A pesar de la distancia, Rafa mantenía un contacto muy estrecho con nosotros. Todos los domingos, al salir del trabajo sobre las tres de la tarde —hora peninsular—, nos llamaba sin falta desde una cabina pública. Yo era capaz de dejar la comida a medias y nos pasábamos una hora entera al teléfono. Siempre hemos sido una familia muy unida, sin importar que yo les lleve diez y doce años de diferencia a mis hermanos.
Tengo grabada en la memoria la llamada de aquel 25 de agosto de 1991. Me comentó que se había comprado unas aletas, unas gafas de buceo y un arpón. Dijo que se quedaría siempre cerca de la orilla, pero mi primer pensamiento fue instintivamente de alerta. No es que imaginara una desgracia inminente, pero me recorrió una sensación extraña: Rafa apenas sabía mantenerse en el agua. Le pedí que no fuera, que esperara a volver a casa y ya iríamos a bucear los dos juntos. Yo no he buceado en mi vida, pero habría ido con él adonde hiciera falta; cuando estaba aquí, compartíamos ese tipo de planes a menudo. Mi hermano casi no sabía nadar y, cuando se metía en el mar, lo hacía siempre donde hacía pie, sin asumir riesgos. Pero a veces las circunstancias provocan que todo cambie en un segundo, y un lugar seguro deja de serlo de golpe.
El domingo siguiente, 1 de septiembre de 1991, me quedé esperando su llamada. Era el primer domingo que fallaba desde que se había establecido en Tenerife. Aun así, en ese instante no le di mayor importancia; simplemente supuse que le habría surgido algún plan.
El lunes 2 de septiembre a mediodía, Roberto llamó por teléfono a mi trabajo preguntando por mí. Como yo libraba ese día, dejó su número para que le devolviera la llamada con la mayor urgencia posible.
Roberto y su mujer, Manoli, eran grandes amigos de mis padres y también míos. Él es de nuestro pueblo, Camporrobles —de hecho, antes de mudarse vivía a escasos veinte metros de nuestra casa—, y ella es natural de Tenerife. Siempre tenían las puertas abiertas para recibir y ayudar a cualquier vecino del pueblo que visitara la isla. Durante el tiempo que mi hermano vivió allí, fueron un apoyo fundamental; mantuvieron un contacto casi permanente con él y lo ayudaron en numerosas ocasiones. Yo mismo había comprobado su hospitalidad un año antes, cuando fui a pasar una semana a Tenerife y me invitaron a comer a su casa.
Cuando mis compañeros me hicieron llegar el aviso de que Roberto me buscaba, yo estaba comiendo en casa. Dejé el plato en la mesa y salí rápido a ver qué sucedía. El instinto me decía que tenía que ser algo muy grave: tenían el teléfono de casa de mis padres, pero habían evitado usarlo y habían decidido llamar directamente a mi trabajo para buscarme a mí. Tengo aquel instante, y todos los que se sucedieron tras la desaparición de mi hermano, grabados a fuego en la memoria como la peor experiencia de mi vida.
Aquel 2 de septiembre de 1991, Roberto me dio la peor noticia que he recibido en mi vida: mi hermano Rafa y un amigo habían salido al mar en una barca hinchable en la playa de La Tejita, y Rafa había desaparecido mar adentro. El otro chico se había salvado.
Me armé de valor y fui a comunicarles la terrible noticia a mis padres y a mi hermana. Tuvimos que llamar al médico de guardia para que calmara a mi madre. Mi padre estaba, por supuesto, destrozado, pero mi madre había perdido el control por completo. Las madres suelen responder de una forma distinta ante un golpe tan antinatural. No es que los padres queramos menos a nuestros hijos, simplemente el dolor se manifiesta de otra manera.
A la angustia de la desaparición había que sumar la impotencia de la distancia. Estábamos en Valencia, a más de dos mil cien kilómetros, era por la tarde y nos fue imposible conseguir un vuelo para ese mismo día. Yo tampoco supe gestionar la situación en ese primer momento ni en los días posteriores. Daba por sentado que lo estaban buscando con todos los medios disponibles: Cruz Roja, helicópteros de la Guardia Civil, Salvamento Marítimo…
En aquellos años no había tantos vuelos como ahora, así que no pudimos embarcar hasta el miércoles, día 4, por la mañana. Mi madre y yo volamos hacia Tenerife y aterrizamos sobre las doce del mediodía. En el aeropuerto Reina Sofía nos estaba esperando Roberto. Cuando nos vio acercarnos, se nos quedó mirando y movió la cabeza de lado a lado. En esa fracción de segundo no supe si pretendía decirme que había fallecido o que seguía sin aparecer. Cuando entendí que no lo habían encontrado, en un primer momento sentí un absurdo alivio: si no había aparecido, aún podíamos encontrarlo vivo. Mi mente se negaba a procesar que ya llevaba tres días perdido en el mar, sin agua, sin comida, vestido solo con un bañador, bajo un sol abrasador de día y expuesto a noches frías de mucho viento. Hoy pienso que habría sido un verdadero alivio que Roberto nos hubiera dicho que lo habían encontrado… vivo o muerto, pero encontrado.
El chico que estaba con mi hermano se llamaba Juan. Era de una edad similar a la de Rafa, de estatura mediana y complexión normal. Trabajaba como camarero en el mismo hotel, el Mediterranean Palace, donde también estaban empleados su padre y su hermano.
Roberto nos llevó directamente al hotel para que pudiéramos hablar con la última persona que había visto a mi hermano. Lo cierto es que yo ni siquiera sabía que fueran amigos. En todas las horas que había hablado con Rafa por teléfono, me había mencionado a Candelaria, a Juan Candil, a Óscar, a José… pero jamás me había hablado de este chico. Al llegar, Juan no estaba. Otro empleado nos sugirió que habláramos con su padre, que ejercía de maître en el establecimiento.
Me dejó helado la frialdad con la que nos recibió. Sus primeras palabras fueron: «No tengo tiempo de atenderles». A pesar del rechazo, le pregunté directamente si mi hermano estaba encima de la barca cuando desapareció. Su respuesta fue lapidaria: «Sí, pero no aparecerá. Los que desaparecen ahí, no aparecen». Le contestamos con firmeza que lo encontraríamos y le exigimos hablar con su hijo para saber con certeza qué había pasado ese día.
No conseguimos estar frente a frente con la última persona que estuvo con mi hermano hasta las primeras horas de la tarde del jueves, día 5. Y la forma en la que apareció nos dejó sin palabras: llegó al hotel conduciendo el coche de mi hermano.
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Hotel Mediterranean Palace, Playa de Las Américas
