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El mar y el abandono

¿Por qué transcurrieron varias horas sin que se solicitara ayuda? ¿Qué actuaciones concretas realizó para auxiliarlo y por qué no avisó inmediatamente a la Guardia Civil o a los servicios de emergencia? Desconozco cuáles fueron sus verdaderas razones y no puedo atribuirle una intención determinada, pero sigo preguntándome si realmente hizo todo lo que estaba en su mano para salvarlo.

En sus declaraciones, Juan persigue construir una versión exculpatoria en la que se arroga el papel de salvador, un héroe. Sostiene que ambos prepararon la embarcación en la playa de La Tejita y que, ante las rachas de viento, él maniobró para acercarse a la posición de Rafa, incluso le ayudó a subir. Sin embargo, este relato queda frontalmente desvirtuado por la realidad de los hechos.

La declaración de Carlos, un testigo ocular, establece una dinámica totalmente opuesta. Según su testimonio, en torno a las 16:00 horas Rafa se encontraba resguardado junto a las rocas, en una zona de poca profundidad donde no corría peligro. Fue Juan quien tras hinchar el bote y adentrarse en el mar con la lancha recién inflada, perdió el control de la misma al ser arrastrado mar adentro por el viento. Al verse a la deriva, empezó a pedir auxilio a gritos. Queda de manifiesto, por tanto, que mi hermano no fue la víctima inicial: «Rafa no entró al agua porque ambos estuvieran en peligro, sino que acudió a socorrer a quien había originado la situación de riesgo».

Realizó un enorme esfuerzo para alcanzar y socorrer a su amigo. El oleaje y la corriente dificultaron el rescate, pero tal y como relató el testigo, mi hermano llegó a hacer tres intentos nadando hasta que finalmente logró alcanzar la embarcación. Una vez allí, se colocó en la parte trasera para intentar empujarla hacia la costa impulsándose con sus aletas, mientras Juan se ayudaba de los remos.

Pese a sus esfuerzos conjuntos, no lograban aproximarse a la orilla. Después de luchar durante un tiempo contra el viento, mi hermano, profundamente agotado, subió a la barca, se quitó las aletas y cogió los remos. Juan, entonces, se puso las aletas de Rafa y se lanzó al agua, nadando hacia la playa. Carlos relató cómo mi hermano, al quedarse solo, soltó los remos, trató de incorporarse y comenzó a gritarle agitando los brazos. Después de esto volvió a intentar remar, pero la embarcación continuó siendo arrastrada. Tardó una media hora en  desaparecer en el horizonte.

Cuando Juan pisó la arena, justificó su llegada en solitario diciéndole a Carlos que Rafa no había querido dejar la barca, que estaba muy cansado y que «se la habían dejado». Sostuvo que Rafa le entregó las aletas para que alcanzara la costa y pidiera ayuda. Esta fue una de las varias versiones que dió sobre un mismo hecho.

Esta es mi convicción más íntima y personal. Conocía perfectamente a mi hermano: su empatía, su valor y su inmenso amor al prójimo. Sé que habría hecho lo indecible por ayudar a Juan, asumiendo el riesgo que hiciera falta, pero jamás habría llegado al extremo de un sacrificio inútil para que solo el otro se salvara. Tengo la absoluta certeza de que, al entregarle las aletas y coger los remos, su única intención era continuar uniendo fuerzas para sobrevivir, buscando un esfuerzo conjunto: él remando y Juan aleteando.

Tengo muy claro de que esa es la verdadera razón por la que mi hermano agitaba los brazos y le gritaba desde la barca, sumido en el desconcierto y la desesperación al ver que se alejaba. Rafa probablemente esperaba que la persona a la que consideraba su amigo actuara con la misma solidaridad con la que él había acudido en su ayuda. Sin embargo, terminó quedándose solo. Había ido a rescatarlo y, a cambio, le habían arrebatado el único medio físico que le quedaba para alcanzar la orilla a nado.

Las horas perdidas y el silencio en la playa

Me cuesta asimilar una traición de esas características, pero puedo llegar a comprender que una persona sienta pánico cuando se encuentra en peligro en el mar. Puedo admitir que Juan actuara impulsado por el miedo y traicionara a mi hermano. Lo que jamás he conseguido comprender es lo que ocurrió después.

El coche de Rafa estaba estacionado en la misma playa de La Tejita, y el puerto pesquero de Los Abrigos se encontraba relativamente cerca. Sin embargo, tras alcanzar la orilla a salvo con las aletas de mi hermano, creo que Juan no actuó con la urgencia de quien acaba de dejar a un amigo a la deriva.

En su testimonio, la hija de la propietaria del chiringuito explicó que ella misma se ofreció a llevarle hasta el puerto para pedir auxilio. Conocía a los pescadores de la zona y estaba dispuesta a hablar con ellos. Cuando le pregunté a la chica, dijo que Juan rechazó su ofrecimiento y le dijo que regresara. 

El tiempo continuó transcurriendo de forma irremediable. La madre de la joven, tras escuchar los comentarios en la playa, salió a observar lo que sucedía. Esta mujer nos manifestó en persona el mismo jueves día 5, que  el joven que permanecía en la barca ya no se movía, que estaba tumbado —probablemente exhausto tras el esfuerzo realizado para ayudar a Juan— y que la embarcación pasó cerca de unas boyas sin que intentara agarrarse a ellas. En el Juzgado  declararía varios años más tarde que lo vio remando. 

Si la chica del chiringuito le prestó aquellas monedas, era lógico que diera por hecho que Juan había avisado a los servicios de emergencia. Pero la realidad demostró lo contrario. Al caer la tarde, cuando cerraron el establecimiento y comprobaron que nadie había acudido, madre e hija decidieron desplazarse personalmente hasta el cuartel de la Guardia Civil de Granadilla de Abona, a trece kilómetros de distancia, para dar la voz de alarma.

Cuando llegaron, el agente de Puertas que las atendió les informó de que acababan de recibir un aviso procedente de la Policía Local. Según la hora que figura en el atestado, esa comunicación se produjo aproximadamente a las 19:00 horas. Si los hechos habían comenzado en torno a las 16:00, habían transcurrido cerca de tres horas desde que Rafa desapareció mar adentro. Hay una diferencia de tres horas en las que al parecer, un espacio de tiempo en la que se desconoce qué hizo la persona que había salvado Rafa.

En sus declaraciones, Juan afirmó que acudió al puerto, que los pescadores se negaron inicialmente a ayudarle, que tuvo que rogarles e insistir, y que finalmente subió a la embarcación junto a ellos para participar en la búsqueda.

El pescador Manuel Marcelino declaró que llevaba desde el mediodía en el puerto junto a su hijo, ocupado en la reparación de los aparejos, y que no había visto a nadie solicitando auxilio. Afirmó rotundamente que salió a buscar a Rafa acompañado únicamente por su hijo, alertado por la Guardia Civil sobre las 19:00 horas. Juan nunca estuvo en aquel barco.

Solo Juan conoce las verdaderas razones de su comportamiento durante aquellas horas. Yo no puedo atribuirle motivos que no estén demostrados, ni afirmar con certeza qué intenciones tenía en aquel instante. Lo que sí sé,  es que Rafa se alejaba solo en una pequeña barca hinchable por ayudar un chico que estaba en peligro, y esa persona se puso a salvo con las aletas del que había acudido a salvarlo,   mientras mi hermano era arrastrado por el viento y las corrientes. 

 

 

Puerto de Los Abrigos
                               Puerto de Los Abrigos

Observa detenidamente las reducidas dimensiones de este pequeño puerto, donde apenas atracan una docena de barcas. Ante esta imagen, la pregunta resulta inevitable: si alguien acude realmente hasta aquí pidiendo un auxilio desesperado, ¿cómo es físicamente posible que un pescador, que lleva horas allí mismo trabajando con sus aparejos, no lo vea ni escuche absolutamente nada?

Las sombras en el Juan en la arena de la playa. Existen circunstancias posteriores a la desaparición que nunca han quedado suficientemente aclaradas y que siguen envueltas en una oscuridad deliberada.

Durante aquellas interminables horas de angustia, cuando Rafa ya se encontraba perdido en el mar, Juan merodeó en varias ocasiones por su apartamento. En sus declaraciones siempre se ha escudado en la mentira de que nunca cruzó el umbral, afirmando que se limitó a quedarse esperando en el rellano. Sin embargo, el Sr. Ulises, el propietario del inmueble donde mi hermano vivía alquilado, truncó definitivamente esa coartada: declaró que lo vio dentro, en el interior de la vivienda, en compañía de otro chico.

Su obstinación por ocultar sus movimientos llegó al extremo de negar lo evidente. Mintió afirmando en su declaración que no había pasado del portal, cuando tanto Roberto como yo recordamos perfectamente que llegó a entrar con nosotros.

A esta incomprensible necesidad de borrar sus huellas en el domicilio se suma otro dato inquietante. Carmen Isabel declaró que Rafa había sacado 160.000 pesetas, una cantidad importante que nuestra familia, posteriormente, nunca logró localizar entre sus pertenencias.

No afirmo que Juan se apropiara de ese dinero, ni aseguro que su entrada furtiva y la desaparición del efectivo estén directamente relacionadas, en tanto que no dispongo de pruebas materiales que permitan sostenerlo. Sí considero estrictamente necesario dejar constancia de estas versiones contradictorias. Cuando alguien se esfuerza tanto en mentir y en ocultar su presencia en la casa de un hombre recién desaparecido, la pregunta cae por su propio peso: ¿qué buscaba exactamente Juan? Son contradicciones que, después de tantos años, continúan sin una explicación satisfactoria

El viento, la búsqueda tardía y la distancia

La ausencia de una búsqueda inmediata de ayuda, y la falta de información real  sentenció gravemente las posibilidades de localizar y auxiliar a Rafa a tiempo. Los datos meteorológicos incorporados a las diligencias judiciales son determinantes para comprender el desplazamiento de la barca. En el momento de los hechos soplaban vientos fuertes de componente nordeste, de fuerza 5 a 6, con velocidades aproximadas de entre 22 y 27 nudos.

Un viento procedente del nordeste impulsa generalmente los objetos flotantes en dirección suroeste. Teniendo en cuenta la ubicación de La Tejita, esa dirección resulta compatible con un desplazamiento hacia la zona del puerto de Los Abrigos, tal y como se puede observar en la trayectoria documentada en vídeo (https://youtu.be/HsppyOm2Ogc).

Una barca hinchable ligera ofrece una considerable superficie de resistencia y es arrastrada con enorme rapidez. Aunque influyen corrientes y oleajes, bajo aquella intensidad sostenida del viento la embarcación pudo desplazarse a una velocidad de entre 2 y 4 nudos (unos 3,5 y 7,5 km/h). Si tenemos en cuenta que el suceso se produjo sobre las 16:00 horas y la Guardia Civil alertó a los pescadores a las 19:00 horas, la barca pudo haber recorrido en ese lapso de tiempo una distancia de hasta 20 kilómetros. Quedó trágicamente lejos de la zona inicial.

Cuando Manuel Marcelino salió finalmente al mar, desconocía que ya habían transcurrido tres horas desde el comienzo de los hechos. Por ello, tal y como declara; «conocía perfectamente la zona, rastreó los alrededores de la Montaña Roja, buscando en aquellos puntos donde la lógica dictaba que debía estar una embarcación desaparecida recientemente». 

A este desamparo inicial se sumó la inacción de otras figuras que debieron haber sido fundamentales. Lucio, el director de la orquesta, había asegurado a mis padres que cuidaría de Rafa como si fuera su propio hijo al llevarlo a Tenerife, isla en la que residía desde hacía muchos años. Sin embargo, no tenemos constancia de que durante el día de la desaparición impulsara personalmente la búsqueda, contactara con los servicios de emergencia o movilizara a conocidos. Desconozco qué posibilidades reales tuvo de intervenir y no le atribuyo responsabilidades legales, pero en el seno de nuestra familia perdura la dolorosa impresión de que Rafa no recibió, por parte de quienes le rodeaban, la respuesta decidida que necesitaba.

Rafa desapareció la tarde del 1 de septiembre. Desde ese momento, a nuestra familia le fue arrebatada cualquier posibilidad de intervenir. Nos encontrábamos a unos dos mil kilómetros de distancia y no recibimos el primer aviso hasta la tarde del día siguiente. No pudimos tomar un vuelo hasta el miércoles por la mañana. Cuando por fin aterrizamos en Tenerife, ya habían transcurrido casi tres días desde su desaparición.

Fueron tres días de incertidumbre insoportable. Mientras viajábamos, no sabíamos si Rafa continuaba con vida, si seguía a la deriva o si alguien lo habría encontrado. Nos atormentaba imaginarlo expuesto al sol abrasador, sin agua, exhausto y completamente solo en medio del océano. Esa angustia desgarradora, alimentada por la distancia y por la absoluta falta de respuestas, se quedó grabada para siempre en nuestra memoria.

En este vídeo se puede observar la trayectoria de mi hermano desde La Tejita hasta desaparecer.

 

La búsqueda de la verdad y la herida abierta

Tengo la dolorosa convicción de que la demora en activar una búsqueda amplia y coordinada redujo fatalmente las posibilidades de localizar a mi hermano a tiempo. Según la información que pudimos conocer, pasaron horas antes de la primera salida al mar, y se nos comunicó que una patrullera no pudo intervenir porque se encontraba averiada. Nunca logramos aclarar con precisión qué medios intervinieron al día siguiente ni a qué horas lo hicieron. No pretendo afirmar como hechos aquello que no puedo demostrar, pero como familia que dependía de la respuesta de los organismos en Tenerife, reclamábamos una explicación que nunca llegó de forma satisfactoria.

Durante mucho tiempo me aferré a la esperanza de que aquella pequeña barca hinchable hubiera alcanzado algún puerto o hubiese sido avistada por un barco. Me informaron de que mi hermano tenía un seguro de vida, pero reclamarlo era admitir que había muerto y nunca más volvería a verlo, a abrazarlo. Esta situación es muy distinta a cuando aparece el cuerpo con o sin vida. Nuestra lucha no era económica; acudimos a los juzgados, fiscalía, a la prensa escrita, a la radio y a la televisión para evitar que su desaparición cayera en el olvido y exigir respuestas.

En aquellos meses manifesté públicamente en la prensa que la versión de Juan no era creíble y que contenía graves contradicciones. Llegó a denunciarme exigiéndome una rectificación. No di un paso atrás. Estaba convencido de que tenía el derecho moral y legítimo de expresar mis dudas. Finalmente, su reclamación no siguió adelante, él sabía que estaba mintiendo. Yo deseaba que la controversia llegara a los tribunales, no por el afán de mantener una acusación a cualquier precio, sino porque creía que allí podrían examinarse las distintas versiones y solicitarse nuevos testimonios.

Sin embargo, el procedimiento judicial de las diligencias sobre la desaparición de mi hermano, se convirtió en un largo laberinto que aumentó nuestra sensación de impotencia. Durante la instrucción vivimos situaciones frustrantes, como recibir resoluciones un viernes, obligando a nuestro abogado a trabajar contrarreloj durante el fin de semana bajo la presión de que cualquier retraso sepultara nuestras posibilidades.

Comprendo que jueces y fiscales deben actuar con arreglo a las normas procesales, pero para nosotros cada archivo de la causa significaba volver a sentir que las preguntas quedaban sin respuesta. Transcurrieron aproximadamente ocho años hasta que Juan fue citado para declarar en calidad de imputado, y poco después, la causa volvió a archivarse.

Discrepamos profundamente de decisiones que limitaron el esclarecimiento de los hechos, como el archivo del caso sin haber tomado declaración a un testigo que considerábamos esencial. A esto se sumó el implacable paso del tiempo. Cuando logramos, acudiendo a la Audiencia Provincial, que se reabrieran las diligencias, ya habían pasado casi 7 años. Ese retraso dificultaba enormemente localizar testigos o reconstruir los acontecimientos. Al final, la causa fue sobreseída provisionalmente. 

Mientras que los dos abogados que mis padres contrataron inicialmente en Valencia supusieron un enorme esfuerzo económico, guardamos un profundo y sincero agradecimiento hacia los profesionales que asumieron el caso en Tenerife de forma totalmente altruista. Nunca olvidaremos la calidad humana y el apoyo de la abogada Carmen Dolores Delgado Garzón y del letrado Schneider, así como del despacho de procuradores Oliva-Tristán. Y por supuesto nunca olvidaremos el apoyo moral y la ayuda que nos prestaron, Roberto y Manoli, sin ellos hubiese sido todo mucho más complicado

A pesar de todo el tiempo que ha pasado, no hay un solo día en que no recuerde a mi hermano. Me atormenta imaginar cómo debió sentirse mientras el viento lo alejaba mar adentro, y cuánto tuvo que sufrir durante aquellas horas de absoluta incertidumbre.

Cuando una persona desaparece en estas circunstancias y su cuerpo nunca es recuperado, la familia no puede cerrar completamente la herida. No existe un lugar donde despedirse, no hay respuestas definitivas y siempre permanece la esperanza, por irracional que sea, de conocer algún día la verdad. Para el sistema judicial, una persona desaparecida puede terminar siendo un expediente archivado; para nosotros, mi hermano era y continúa siendo una parte fundamental de nuestras vidas. Me habría cambiado por él sin dudarlo. Y si para mí supuso un golpe tan profundo, resulta inabarcable imaginar el dolor que tuvieron que soportar mis padres.

Solo Juan conoce las verdaderas razones de su comportamiento en aquella playa. Pero conociendo a Rafa, estoy completamente seguro de que su única intención fue ayudar a su amigo, socorrerlo; nunca sacrificarse para que él se salvara a costa de su vida. El destino de mi hermano lo decidió la persona a la que ayudó a salvarse.

Sé que no voy a poder volver a abrazarlo, pero creo que Dios existe, y confío en que algún día volveré a estar junto a él.

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