APERTURA DE LAS DILIGENCIAS 2667/91
Roberto se había encargado de la logística para enviar el coche —un Volkswagen Polo Classic de 1986, con matrícula de Madrid— en un contenedor desde Tenerife hasta Valencia.
Cuando el vehículo por fin llegó, mi madre se dispuso a vaciar el maletero para recuperar las pertenencias de su hijo. Empezó a sacar objetos: cañas, aparejos de pesca y, sorprendentemente, un par de aletas. Pero lo que nos dejó sin palabras fue una camiseta que encontró sepultada debajo de todo aquello. Allí, al fondo del maletero, había una camiseta blanca manchada de sangre.
Conscientes de la extrema gravedad del hallazgo, remitimos inmediatamente la prenda al Juzgado de Instrucción número 3 de Granadilla de Abona para que fuera incluida como un indicio fundamental en las diligencias previas 2667/91. Esperábamos que, ante una evidencia tan rotunda, el Juzgado abriría de nuevo las diligencias. Nos equivocamos.
La jueza Isabel Oliva no solo se negó a ordenar que se analizara la sangre de la prenda, sino que rechazó aceptarla como prueba. Su argumento legal para desecharla fue un mero formalismo: alegó que la camiseta no había sido intervenida y aportada mediante la correspondiente cadena de custodia por la Policía Judicial.
Al ver que el juzgado se negaba a investigar, intentamos recuperar la prenda para llevarla a un laboratorio y encargar el análisis de la sangre por nuestra cuenta. Fue entonces cuando nos dieron la respuesta definitiva: no podíamos analizarla porque la camiseta se había «perdido» dentro de las dependencias del propio juzgado.

Envío de la camiseta desde el Juzgado de Catarroja al Juzgado de Granadilla de Abona

Diligencia negativa del Juzgado de Granadilla de Abona a admitir y/o analizar la camiseta .
El hallazgo de aquella camiseta ensangrentada abrió una nueva incógnita. Nunca pudimos saber si aquella sangre pertenecía a mi hermano, ni tampoco los motivos de que estuviese, pero el hecho irrebatible es que estaba oculta en su maletero.
Es lógico preguntarse por qué no registramos a fondo el interior del vehículo en cuanto nos hicimos cargo de él en Tenerife. La respuesta es que recuperamos el coche el día 4 y, en aquel preciso instante, aún no teníamos motivos de peso para sospechar que estuviéramos ante algo más oscuro. Al principio, a pesar de que la inverosímil historia de las aletas ya nos chirriaba profundamente, nuestro pensamiento estaba la idea de que se trataba de un gravísimo accidente fortuito. No pensamos en buscar indicios en un maletero, si que se llegó a abrir, pero no se veía otra cosa que ropa, un par de aletas, 4 cañas de pesca y aperos, no se registró el maletero.
Fueron los días posteriores los que lo cambiaron todo. Al ir recabando los testimonios de los conocidos del hotel, al escuchar las advertencias sobre sus peligrosas amistades y al chocar contra las mentiras de Juan, la teoría del accidente empezó a desmoronarse. Las dudas se fueron haciendo cada vez más fuertes.
Y ahora, a todas las contradicciones del único superviviente y a las sospechas del entorno, se sumaba la aparición de esta evidencia física. El hallazgo de la camiseta multiplicaba las preguntas sin respuesta y nos empujaba hacia una única y dolorosa conclusión: ya no podíamos fiarnos de la versión oficial. Teníamos que intentar averiguar, costara lo que costara, la verdadera historia de lo que había ocurrido en aquella playa
Regresamos a Tenerife a finales de octubre, apenas dos meses después de la desaparición, con la determinación de conocer el estado de las actuaciones y saber quién había declarado en el juzgado. Al llegar, nuestra decepción no pudo ser mayor: no había ni una sola declaración de testigos, ni siquiera la de Juan.
En aquel momento coincidimos con el sargento Moreno, el mando de la Guardia Civil que había redactado el atestado inicial. Se mostró interesado por el caso y, afortunadamente, ese día tuvimos la suerte de que la jueza Isabel Oliva nos recibiera. Accedió a nuestra petición de abrir las diligencias y tomar declaración a los testigos. Sin embargo, la esperanza se esfumó pronto: el sargento que se había ofrecido a investigar no realizó ni una sola diligencia efectiva. Estaba ocupado en el homicidio de una mujer.
La Justicia, lejos de ser rápida, tardó mucho tiempo. Los primeros testigos no fueron citados a declarar hasta casi tres años después: Candelaria, la señora del chiringuito, lo hizo el 25 de octubre de 1994, y un mes después compareció Carlos, otro testigo que había presenciado todo el desarrollo de los hechos. Yo esperaba, casi daba por hecho, que en esa ronda de declaraciones Juan finalmente contaría su versión ante la autoridad judicial. Pero, una vez más, me equivoqué: su declaración no estaba. Ni siquiera lo llamaron.
En su declaración en el Juzgado, Candelaria relató que se encontraba en el interior del chiringuito y salió al escuchar el revuelo exterior. Afirmó que vio a un chico nadando hacia la orilla, mientras a lo lejos divisaba a otro en una pequeña barquilla, intentando remar pero siendo arrastrado mar adentro. Aquí cambió la versión que nos dio a mi madre y a Roberto, «el chico si estaba vivo, no se movía, pasó junto a las boyas y no intentó agarrarse». No sé si realmente fue así o cambiaron la versión cuando vio la posibilidad de que los imputaran por Omisión del Deber de Socorro.
Esta mujer confirmó que fue su hija quien llevó al superviviente hasta el puerto de Los Abrigos para pedir ayuda. Al cabo del tiempo, aquel chico regresó diciéndoles que no habían logrado encontrar al de la barca. Posteriormente, tal y como ya nos había adelantado en su día, ella misma acudió al cuartel de la Guardia Civil en Granadilla con su hija para comunicar el suceso, donde le contestaron que ya tenían conocimiento del mismo.
El segundo testigo en comparecer fue Carlos, un pintor de Santander afincado en Los Cristianos. Lo cierto es que su testimonio despejaba muchas dudas, Según relató ante la jueza, vio llegar a los dos jóvenes a la playa. «Uno se puso unas aletas, gafas y llevaba un pequeño arpón», detalló en su declaración. Aseguró que este chico se alejó de la orilla, pero manteniéndose siempre arrimado a la montaña, nadando entre las rocas en una zona donde el agua no cubría y que quedaba perfectamente protegida del viento y de las corrientes. Mientras tanto, según este testigo ocular, el otro joven se había quedado en la arena, hinchando la barca.
Lo que Carlos describió a continuación desmontaba definitivamente la gran mentira de Juan. Una vez que terminó de hinchar la barca, el chico de la arena se metió en el agua, pero al poco tiempo perdió el control de la embarcación y comenzó a ser arrastrado mar adentro. En ese momento de pánico, llamó al chico que llevaba las aletas, que se encontraba a salvo a unos treinta metros de distancia.
Al escuchar la llamada de auxilio, mi hermano nadó hacia la barca a la deriva. Según el testigo, realizó dos intentos fallidos por atraparla hasta que, a la tercera, consiguió alcanzarla y se aferró a la parte trasera. La imagen que presenció Carlos fue la de una lucha desesperada, intentaban por todos los medios acercar la barca a la orilla. El que estaba subido al bote remaba con todas sus fuerzas, mientras mi hermano, desde el agua, empujaba ayudado por el impulso de las aletas. Sin embargo, el esfuerzo fue inútil; la fuerza del viento era superior a ellos y lo único que conseguían era alejarse cada vez más hacia mar abierto.
El que estaba detrás de la barca debió de agotarse por el esfuerzo. Subió a la embarcación, se quitó las aletas y cogió los remos. En ese momento, el otro cogió las aletas, se tiró al agua, se las calzó y comenzó a nadar en dirección a la orilla. El que se quedó en la barca soltó los remos, se incorporó un poco sobre el bote mientras agitaba fuertemente los brazos y le gritaba al que se había lanzado al agua. Desde la playa no se podía oír lo que le recriminaba, pero después de esto, se sentó de nuevo y comenzó a remar. Fue inútil; cada vez se alejaba más. Tardó una media hora en perderse definitivamente en el horizonte.
Carlos continuó relatando que pasó mucho tiempo hasta que, por fin, apareció un barco por la zona. También testificó que estuvo hablando con un sargento de la Guardia Civil que se personó en la playa. Al día siguiente, este testigo regresó para interesarse por si habían encontrado a mi hermano, y fue entonces cuando le dijeron que no. La excusa que Juan había dado para justificar su huida era chocaba frontalmente con el sentido común: según él, Rafa le había pedido que fuera a buscar un barco porque «tenía las piernas cansadas», y añadió que, como «la balsa no era de su propiedad, no la quería dejar».
A pesar de la gravedad de estas revelaciones, la jueza decidió sobreseer de nuevo las diligencias tras escuchar a estos dos únicos testigos.
Estábamos estancados otra vez, atrapados en el mismo callejón sin salida. Era incomprensible. No se había tomado declaración al pescador que salió a auxiliar a mi hermano desde Los Abrigos, ni a la hija de la dueña del chiringuito que trasladó a Juan. Y, por supuesto, seguían sin llamar a declarar al propio Juan, a pesar de las flagrantes contradicciones que acababan de quedar patentes en sede judicial y que destrozaban por completo su versión de los hechos.
Ante esta parálisis institucional, la desesperación nos empujó a buscar otras vías. Mis padres vendieron unos pequeños solares que mi madre había heredado y pidieron ayuda económica a unos amigos para reunir fondos. Nos habían aconsejado contratar a Jorge Colomar, un detective privado que por aquel entonces se había hecho muy famoso por encontrar los restos del cráneo de una persona desaparecida (cuyo cuerpo habían quemado en una caseta de campo, un hallazgo en el que la casualidad jugó un papel fundamental).
El detective aceptó el caso y se desplazó hasta la isla. Sin embargo, la amarga realidad es que lo único que hizo fue sacarle el dinero a mis padres: se embolsó más de 500.000 de las antiguas pesetas en pleno año 1992. Un enorme sacrificio económico familiar que no sirvió absolutamente para nada.
Tras constatar que el detective no iba a aportar ni un solo indicio válido, mis padres decidieron dar un paso más y contrataron a Jesús Sancho Tello, considerado por muchos el mejor abogado penalista de Valencia. Le expusieron todo lo sucedido con mi hermano y las fundadas sospechas que recaían sobre Juan. La respuesta del letrado fue tajante: antes de aceptar el caso, necesitaba hablar cara a cara con la última persona que había estado con Rafa. Lo citó en su despacho y, sorprendentemente, Juan acudió. Tras aquella entrevista, a Sancho Tello no le quedó la más mínima duda: aquel chico estaba mintiendo.
Parecía que por fin se abría una vía real para descubrir qué había ocurrido, pero la esperanza duró poco. El Juzgado de Instrucción de Granadilla había cambiado de titular, y la nueva jueza —que, curiosamente, también era valenciana— se negó en rotundo a reabrir las diligencias.
En la primera quincena de enero de 1995, mis padres viajaron de nuevo a la isla para rogarle en persona que reabriera el caso y que, al menos, llamara a declarar a Juan. La magistrada los recibió, sí, pero su actitud fue de prepotencia. Según me contaron, pasó rápidamente las hojas del expediente frente a ellos mientras soltaba una falsedad indignante: «Ese chico ya ha declarado varias veces». Ante la lógica y desesperada insistencia de mis padres, que sabían perfectamente que el sumario estaba vacío de sus declaraciones, la jueza perdió las formas. Los expulsó de su despacho espetándoles con desprecio: «Váyanse a Valencia y no vuelvan por aquí».
Pretender que unos padres den carpetazo a la memoria de su hijo y se olviden de buscar la verdad es, sencillamente, una aberración. Son unos padres a los que les han arrancado a su hijo y solo reclaman saber qué le sucedió.
El final de aquella escena en los juzgados describe a la perfección la desprotección absoluta que sufrimos por parte del sistema: uno de los funcionarios sacó a mi padre a empujones por la puerta, y mi madre, desbordada por la impotencia, el dolor y el trato inhumano recibido, tuvo que ser atendida de urgencia en el ambulatorio por un fuerte ataque de ansiedad.
Aquella nueva jueza se llamaba Eva Estrella Ramírez García. La realidad es que no sé qué hojas pasaría con tanta prisa aquel día frente a mis padres, porque en el sumario no existía ni una sola diligencia con la declaración de Juan.
Sin embargo, parece ser que tras aquel lamentable episodio, la magistrada se dio cuenta de su flagrante error. Decidió reabrir las diligencias de la desaparición, pero lo hizo a escondidas, sin comunicárselo en ningún momento a las partes. Apenas un mes después de haber expulsado a mis padres del juzgado, libró los oficios necesarios para que Juan, por fin, prestara declaración.
No lo citó en su juzgado. Ni siquiera lo hizo en un juzgado de instrucción ordinario. El 10 de febrero, la declaración se llevó a cabo en el Juzgado de Paz de su pueblo, ante un juez de paz y, por supuesto, a espaldas de nuestra familia y de nuestro abogado.
Fueron cinco largos años invirtiendo ahorros que no poseían y derramando lágrimas de impotencia, todo para que el principal implicado en su desaparición acabara declarando en un simple Juzgado de Paz.
Y cuando por fin lo hizo, las mentiras no hicieron más que multiplicarse. En esta nueva comparecencia, Juan volvió a cambiar radicalmente su versión de los hechos. Si en el atestado inicial de la Guardia Civil había asegurado que se encontraban a 400 o 500 metros de la playa, ante el juez de paz manifestó de pronto que estaban «cerca de la orilla» mientras Rafa buceaba a pulmón.
Según este nuevo relato adaptado, comenzó a soplar un viento fuerte que desplazaba la pequeña balsa, por lo que él se acercó con la barca y le ayudó a mi hermano a subir. Al ver que la situación empeoraba y que el viento los arrastraba irremediablemente mar adentro, declaró que le propuso a Rafa regresar a nado hasta la playa. Supuestamente, mi hermano le contestó que no podía porque «estaba muy cansado». Así que —y aquí radica de nuevo la mayor y más cruel de las incongruencias—, el declarante decidió ponerse las aletas, arrebatándole el único medio de propulsión a quien supuestamente estaba exhausto, y se lanzó al mar, abandonándolo a la deriva.
Para intentar cuadrar los tiempos que no encajaban, adornó el final de su declaración. Aseguró que la chica lo llevó al puerto de Los Abrigos, que subió a un barco con dos pescadores, que salieron a buscarlo, no lo encontraron y regresaron a puerto. Afirmó también que, al desembarcar, llamó por teléfono a la Guardia Civil (recalcando que incluso le tuvieron que prestar dinero para la llamada), volvió con la chica a la playa y al poco tiempo se personaron los agentes.
El abogado Sancho Tello recurrió aquella declaración tanto ante el propio Juzgado de Granadilla como ante la Audiencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife. Sin embargo, sus recursos fueron desestimados y no logró conseguir que se reabrieran las diligencias.
Fue entonces cuando mi madre, movida por esa fuerza que solo poseen las madres a las que les han arrebatado a un hijo, tomó una decisión drástica. Dijo que debíamos plantarnos allí y hablar directamente con los jueces de la Audiencia Provincial. Por inaudito que pueda parecer en el hermético mundo judicial, accedieron a recibirla. Cuando entramos, nos encontramos con tres magistrados reunidos. Mi madre, rota de dolor pero más firme que nunca, les suplicó frente a frente que reabrieran la investigación. Los jueces nos escucharon, pero descargaron la responsabilidad en otro órgano: nos explicaron que el principal escollo para avanzar era la Fiscalía, que se oponía en rotundo a la reapertura.
No lo dudamos un segundo y subimos a buscar a José Civantos, el Fiscal Jefe. Era un hombre de estatura pequeña —apenas mediría un metro cincuenta y cinco—, de complexión delgada y con un semblante sumamente serio. Nos sentamos frente a él y le explicamos minuciosamente todo lo que había sucedido, las evidentes contradicciones y el calvario que estábamos sufriendo. Tras escucharnos con atención, pronunció una frase que nos devolvió el aliento: «Tienen todo el derecho a saber lo que le ha sucedido a su hijo».
Aquellas palabras se convirtieron en el punto de inflexión que llevábamos años esperando. Por fin, en marzo de 1996, las diligencias 2667/91 volvieron a abrirse, cinco años después de aquel primer e injusto archivo. Esta resolución lo cambiaba todo a nivel procesal: nos permitía presentar formalmente a nuestros testigos y, lo que era aún más determinante, obligaba a Juan a declarar en calidad de imputado ante un verdadero Juzgado de Instrucción, poniendo fin, de una vez por todas, a la burla de su comparecencia ante un simple juez de paz de su pueblo.
Durante aquel periodo logramos localizar a las personas clave que podían arrojar luz sobre la desaparición. Entre ellos estaban Manuel, el pescador que había salido con su barco la tarde del 1 de septiembre de 1991; Ignacio, el propietario del apartamento que había alquilado mi hermano; Candelaria, Roberto, José y, por supuesto, Juan, quien esta vez tuvo que prestar declaración en el Juzgado de Alzira.
Recuerdo que yo mismo había hablado con Ignacio y Manuel durante los primeros días de la desaparición, pero en aquel momento su actitud fue muy distinta. Conmigo callaron. No me facilitaron la información que sí terminaron revelando cuando acudí acompañado de mi madre; no me dieron ni un solo indicio sobre las flagrantes irregularidades en el comportamiento del individuo que había dejado a mi hermano en la barca. El dueño de los apartamentos omitió por completo el detalle crucial de que Juan había entrado en la casa de Rafa tras su desaparición. Por su parte, el pescador tampoco me confesó entonces que fue la Guardia Civil quien le dio el aviso para salir a buscarlo, ni que le avisaron a las tres horas.
Es muy probable que al principio ocultaran esos datos simplemente para evitar verse involucrados y eludir una citación judicial. Sin embargo, ver el rostro roto de dolor de una madre buscando respuestas les hizo cambiar de opinión y les removió la conciencia.
La tragedia de todo esto es el tiempo perdido. Si esos indicios los hubiesen aportado al principio, cuando el rastro aún estaba fresco, todo habría sido mucho más sencillo y la instrucción habría tomado un rumbo radicalmente distinto. Pero el paso de los años es implacable y va restando fuerza a los hechos. Lo que hace cinco años habría sido una prueba de cargo sólida, ahora parecía importarles únicamente a sus familiares y a esos amigos leales, como Roberto o Manoli, que nunca dejaron de apoyarnos.
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