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  1.    ¿Qué ocurrió realmente en la desaparición de mi hermano?

¿Fue la desaparición de Rafa consecuencia de un accidente inevitable? ¿Se hizo realmente todo lo posible para localizarlo, o se perdieron unas horas decisivas antes de que se activara una petición eficaz de auxilio?.

Durante las diligencias se tomó declaración a numerosas personas: testigos de la playa como Carlos y Candelaria; personas del entorno de mi hermano como Roberto, Carmen Isabel, Yaya, José y el propio director de la orquesta, Lucio; así como a los agentes de la Guardia Civil, al pescador Manuel y a Ulises, el arrendador del apartamento. Contaron en diligencias judiciales lo mismo que me habían contado a mí, y son las que se cuentan a continuación.

En su mayoría, estos testimonios no arrojaron pruebas judiciales concluyentes, pero sí dibujaron un escenario repleto de situaciones anómalas. Dejaron constancia de conductas extrañas en la vida de Juán y, sobre todo, señalaron detalles que a nosotros no nos pasaron desapercibidos. Resultaba incomprensible, por ejemplo, que Juán tuviera en su poder las llaves del coche, sabiendo que Rafa tenía por estricta costumbre atárselas siempre al cordón del bañador. Eran indicios, sombras y contradicciones constantes en el relato de la última persona que lo vio con vida. Sin embargo, más allá de todas estas sospechas, para nosotros lo verdaderamente vital seguía oculto: necesitábamos saber qué ocurrió realmente aquel 1 de septiembre.

Durante los primeros días nos aferramos a distintas hipótesis para intentar comprender lo que parecía incomprensible. Algunas surgieron a partir de determinadas amistades y ambientes que conocimos después; otras nacieron de las contradicciones que advertíamos en la versión ofrecida por Juan. A ello se añadían las declaraciones de las personas que habían observado la escena desde la playa.

Los propios testigos describieron momentos diferentes. Algunos manifestaron que vieron a Rafa tumbado e inmóvil en la barca cuando pasó por la zona de las boyas, sin observar que intentara agarrarse a ellas. Otros aseguraron haberlo visto tratando de remar. Esas diferencias podían deberse a que cada persona contempló la escena desde un lugar o en un momento distinto, pero entonces aumentaron todavía más nuestra confusión.

La desesperación llevó a mis padres a publicar un anuncio en el periódico tinerfeño El Día. Ofrecían una recompensa de un millón de pesetas a quien proporcionara información cierta y comprobable sobre lo sucedido a mi hermano.

Un domingo, aproximadamente a las nueve de la mañana, recibimos una llamada en el número publicado en el anuncio. El hombre que telefoneó dijo ser propietario de un establecimiento situado en San Isidro, en el municipio de Granadilla de Abona. Nos aconsejó que no ofreciéramos más dinero y afirmó que, según la información que había oído, Rafa había sido asesinado y su cuerpo arrojado al mar.

Aquella afirmación nos causó una impresión terrible. Intentamos que aquel hombre compareciera y explicara de dónde procedía su información. Fue citado en dos ocasiones, pero no acudió, y tampoco aceptó reunirse conmigo para aclarar lo que sabía. Como nunca aportó datos concretos ni sostuvo su versión ante el juzgado, terminamos considerando que probablemente había repetido un rumor o un comentario escuchado en su establecimiento.

Con el paso de los años, y después de analizar todas las pistas a nuestro alcance, no encontramos ningún indicio objetivo que relacionara la desaparición de Rafa con un asesinato, un secuestro o cualquier otro episodio de violencia semejante al mencionado en aquella llamada.

Finalmente, aceptamos como real la existencia de la barca y la secuencia general ocurrida en el mar. Sin embargo, los testimonios conocidos nos llevaron a una conclusión distinta de la versión inicial de Juan: Rafa se encontraba cerca de la orilla y acudió a auxiliarlo cuando la barca comenzó a ser desplazada por el viento.

No puedo afirmar que Juann causara deliberadamente la desaparición de mi hermano ni atribuirle una intención criminal. Sí considero que existen contradicciones importantes sobre cómo comenzó el peligro, qué ocurrió cuando utilizó las aletas de Rafa para regresar a tierra y qué actuaciones realizó después para pedir ayuda.

La declaración de Juan

Durante su comparecencia como imputado ante el Juzgado de Instrucción de Jativa, Juan mantuvo su versión principal. Declaró que ambos se encontraban cerca de la orilla —Rafa buceando y él sobre una barca hinchable prestada— cuando se levantó un fuerte viento que comenzó a desplazarlos mar adentro.

Según su relato, Rafa subió a la barca, le entregó voluntariamente las aletas porque estaba cansado y le pidió que nadara hasta tierra para buscar auxilio.

Esa explicación presenta una diferencia fundamental respecto de lo declarado por uno de los testigos y sus anteriores manifestaciones. Este situó inicialmente a Rafa junto a unas rocas, en una zona próxima a la orilla, y manifestó que quien perdió el control de la barca llamó al otro joven para que acudiera en su ayuda.

La contradicción resulta importante: en una versión, ambos se encuentran en peligro desde el principio; en la otra, Rafa estaba inicialmente a salvo y entró en la situación de peligro para intentar auxiliar a Juan.

Al explicar lo sucedido después de llegar a tierra, Juan manifestó que acudió al puerto de Los Abrigos, donde los pescadores se negaron inicialmente a salir. Según declaró, tuvo que rogarles e insistir hasta que finalmente accedieron a buscar a Rafa. También aseguró que subió a la embarcación con el pescador y otro hombre para participar en la búsqueda.

Juan declaró asimismo que , tras regresar al puerto sin haber localizado a Rafa, telefoneó a la Guardia Civil desde la cabina de uno de los establecimientos de la zona. Explicó que llevaba únicamente el bañador y la chica que lo llevó, le había prestado las monedas necesarias para llamar.

Pregunté personalmente en varios establecimientos del puerto. Las personas con las que hablé no recordaban haber visto aquel día a un joven vestido únicamente con un bañador solicitando monedas o intentando comunicar una emergencia, nadie lo recordaba. Esa falta de recuerdo no demuestra por sí sola que la llamada no existiera, pero tampoco permitió confirmar la versión ofrecida por Juan.

El atestado señala, además, que el aviso recibido por la Guardia Civil procedía de la Policía Local. Por eso continúa sin estar suficientemente aclarado si Juan telefoneó realmente, a qué organismo llamó, a qué hora lo hizo y qué respuesta obtuvo.

Las visitas al apartamento

La declaración de Ulises, propietario del apartamento en el que se alojaba Rafa, añadió otra circunstancia que nos causó inquietud.

Según manifestó, durante la madrugada posterior a la desaparición, aproximadamente a las cuatro, encontró a Juan entrando en el patio. Al preguntarle qué hacía allí, Juan le explicó lo sucedido y dijo que había acudido para comprobar si Rafa había regresado al apartamento.

Ignacio declaró también que, posteriormente, vio entrar a  acompañado por otro joven y que volvió a verlo allí en otras ocasiones, hasta que finalmente les retiró las llaves y les pidió que se marcharan. En su declaración afirmó:

« estuvo en el apartamento al menos un par de veces, una de ellas con otro chico».

Ignacio no pudo asegurar que hubieran retirado dinero, objetos o cualquier pertenencia de Rafa. Por ello, no puedo afirmar que Juan se apropiara de nada ni atribuirle esa intención. Sin embargo, considero legítimo preguntarme por qué accedió varias veces a la vivienda de mi hermano mientras este permanecía desaparecido y por qué ofreció versiones diferentes sobre si había llegado a entrar o se había quedado en el portal.

El testimonio del pescador

La declaración de Manuel Marcelino contradijo aspectos esenciales del relato sobre la petición de auxilio y la primera salida al mar.

Manuel explicó que se encontraba desde aproximadamente las dos de la tarde en el puerto de Los Abrigos, reparando aparejos junto a su hijo. Según manifestó, no vio a nadie llegar pidiendo ayuda a los pescadores antes de que la Guardia Civil lo avisara pasadas las siete.

Tampoco recordaba haber visto allí a Juan ni a la joven que, según algunas versiones, lo había trasladado. Al ser preguntado por la posible presencia de Juan, declaró que no podía asegurarlo y que, de haber estado allí, habría permanecido sin hacerse notar. 

Según consta en su declaración:

«No sé si el chico ese estuvo en el puerto. A mí me avisó la Guardia Civil pasadas las siete de la tarde, no avisó nadie más. Lo habría socorrido porque lo he hecho otras veces».

Manuel manifestó asimismo que salió a buscar a Rafa acompañado exclusivamente por su hijo y que ninguna otra persona subió con ellos a la embarcación.

Por tanto, existen diferencias objetivas entre ambos relatos. Juan afirmó que pidió auxilio a los pescadores, que tuvo que convencerlos para que salieran y que participó en la búsqueda. Manuel declaró que fue avisado por la Guardia Civil, que no vio a nadie solicitando ayuda y que salió al mar solamente con su hijo.

No me corresponde afirmar cuál fue la intención de Juan ni calificar penalmente su conducta. Sí puedo exponer las versiones, señalar sus contradicciones y preguntarme por qué, si había llegado a tierra varias horas antes, Manuel Marcelino no recibió el aviso hasta pasadas las siete de la tarde.

Después de tantos años, esa continúa siendo una de las preguntas fundamentales: ¿qué ocurrió desde que Juan alcanzó la costa hasta que comenzó la primera búsqueda de Rafa?

El Puerto de Los Abrigos tiene 12 pequeñas barcas de pesca, viendo ese  puerto, ¿es creíble que fuese pidiendo auxilio y no lo viesen?. 

Puerto de Los Abrigos

La declaración que, a mi juicio, ofrece una reconstrucción más verosímil de lo sucedido es la de Carlos, un pintor de Santander que residía entonces en Tenerife. Su testimonio resulta especialmente relevante porque describió la escena desde sus primeros momentos y aportó detalles que permiten comprender dónde se encontraba inicialmente cada uno de los jóvenes.

Según declaró:

«Llegaron dos hicos en un coche, uno de ellos se puso unas aletas, unas gafas y llevaba un pequeño arpón. Se alejó de la orilla siguiendo la zona próxima a la montaña, entre las rocas, donde el agua cubría poco y se encontraba más protegido del viento y de las corrientes».

Esta descripción sitúa a Rafa cerca de las rocas, en una zona de escasa profundidad y aparentemente resguardada. De ser correcta, indicaría que en aquel momento no estaba siendo arrastrado mar adentro ni se encontraba en una situación de peligro inmediato.

El testimonio de Carlos adquiere importancia porque contradice la versión según la cual Rafa y Juan comenzaron a encontrarse en peligro al mismo tiempo. Su relato sugiere, por el contrario, que mi hermano estaba inicialmente cerca de la orilla y que la situación cambió después, cuando la barca comenzó a alejarse y Juan pidió ayuda.

 

Playa de la Tejita, Montaña Roja
El testigo Carlos declara que Rafa estaba protegido en las rocas que sobresalen de la Montaña Roja, se puso en peligro cuando su «amigo» le pidió ayuda.

Carlos declaró que el segundo joven permaneció inicialmente en la arena hinchando una barca hinchable. Después se introdujo en el agua y, al poco tiempo, comenzó a tener dificultades para controlarla. Según su testimonio, llamó insistentemente al joven que se encontraba cerca de las rocas.

Al advertir la situación, Rafa nadó hacia la barca para intentar auxiliarlo. Carlos explicó que no logró alcanzarla en sus dos primeros intentos, pero que finalmente lo consiguió al tercero. Una vez junto a la embarcación, se situó en la parte trasera y comenzó a impulsarla con las aletas, mientras el otro joven utilizaba los remos para tratar de aproximarse a la costa.

Según la reconstrucción ofrecida por el testigo, después de aquel esfuerzo Rafa subió a la barca, se quitó las aletas y tomó los remos. No puede conocerse con certeza si lo hizo porque se encontraba agotado, aunque esa posibilidad parece razonable teniendo en cuenta los intentos realizados para alcanzar e impulsar la embarcación.

El otro joven se puso entonces las aletas, se lanzó al agua y comenzó a nadar en dirección a la orilla. Carlos manifestó que Rafa soltó momentáneamente los remos, trató de incorporarse y comenzó a agitar los brazos con fuerza mientras gritaba hacia la persona que se alejaba nadando.

Desde la costa no era posible escuchar qué decía ni determinar con certeza el significado de aquellos gestos. Después de ese momento, Rafa volvió a utilizar los remos y continuó intentando avanzar hasta que la barca desapareció de la vista en el horizonte, «tardó sobre media hora en desaparecer».

La declaración de Candelaria, hija de la propietaria del chiringuito, aporta información relevante sobre lo ocurrido después de que Juan alcanzara la playa. Según explicó, al llegar a la orilla él,  manifestó que era necesario pedir ayuda en Los Abrigos, por lo que ella misma se ofreció a llevarlo hasta el puerto.

Candelaria conocía a los pescadores y tenía intención de acompañarlo para explicarles lo ocurrido. Sin embargo, según su testimonio, Juan le dijo que regresara a la playa y le aseguró que él mismo se encargaría de solicitar ayuda.

Pasadas las siete de la tarde, Candelaria y su madre acudieron personalmente al cuartel de la Guardia Civil de Granadilla de Abona para comunicar lo sucedido.

Esta declaración presenta una diferencia importante respecto de la versión ofrecida por Juan, quien sostuvo que Candelaria le había prestado dinero para telefonear a la Guardia Civil. Si ella regresó a la playa antes de que se realizara esa supuesta llamada, resulta necesario aclarar cuándo se produjo, desde qué lugar se efectuó, quién proporcionó las monedas y qué organismo recibió realmente el aviso.

A pesar de la relevancia que para nosotros tenían aquellas declaraciones, el procedimiento volvió a ser sobreseído después de tantos años de esfuerzo para conseguir su reapertura. Según se nos explicó, un defecto procesal en la actuación de nuestra representación jurídica impidió que determinadas pretensiones pudieran prosperar y facilitó que la causa volviera a archivarse.

Aquel momento marcó profundamente mi confianza en la Fiscalía y en la Administración de Justicia. Respeto la función de los tribunales, pero eso no significa que todas sus decisiones deban quedar al margen de la crítica. Las resoluciones judiciales pueden ser recurridas, discutidas y consideradas injustas por quienes sufren sus consecuencias.

Durante la instrucción tuvimos la sensación constante de que no se practicaban con suficiente profundidad algunas diligencias que considerábamos esenciales. Esa percepción se apoyaba en hechos concretos: archivos acordados antes de tomar determinadas declaraciones, largos periodos sin avances y testimonios relevantes que, desde nuestro punto de vista, no recibieron la atención que merecían.

Para nuestra familia, Rafa no era un número de procedimiento ni un expediente más. Era un hijo, un hermano y una persona cuya desaparición había destruido nuestras vidas. Cada archivo judicial significaba volver a sentir que las preguntas fundamentales quedaban sin respuesta.

Años después supimos que la jueza Isabel Oliva había sido inhabilitada como consecuencia de hechos completamente ajenos al procedimiento de mi hermano. No pretendo relacionar aquella circunstancia con nuestro caso ni utilizarla como prueba de que las decisiones adoptadas en él fueran deliberadamente incorrectas. Sí forma parte del contexto desde el que nuestra familia recuerda aquella etapa y la profunda pérdida de confianza que llegamos a experimentar.

Tampoco quedamos satisfechos con la actuación posterior de quienes continuaron la instrucción. Considerábamos que nuestras solicitudes se recibían con distancia y que nuestra insistencia por continuar investigando no encontraba una respuesta suficiente. Esta es nuestra valoración personal de lo vivido, no una afirmación sobre las intenciones particulares de las magistradas.

En varias ocasiones, las resoluciones fueron notificadas a nuestro abogado un viernes, con plazos muy breves de tres días para recurrir. Aquello le obligó a trabajar durante el fin de semana y aumentó considerablemente la presión con la que debían prepararse los escritos. No puedo afirmar que las fechas de notificación fueran elegidas con el propósito de perjudicarnos, pero su reiteración contribuyó a nuestra sensación de indefensión y agotamiento.

Después de tantos años, mi crítica no se dirige contra la Justicia como institución ni pretende descalificar personalmente a quienes intervinieron. Se dirige a unas decisiones concretas que, desde nuestra perspectiva, impidieron que se investigaran plenamente todas las contradicciones y circunstancias relacionadas con la desaparición de Rafa.

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2 respuestas

  1. […] distancia entre la Playa de La Tejita y el Puerto de Los Abrigos por carretera, es de tan solo 3,3 kilómetros. A una velocidad constante […]

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